Libertarismo cultural

Hace un tiempo leí el concepto de “libertarismo cultural” y me pareció muy apropiado para nombrar una postura que quizá muchos compartimos sin saber que tenía nombre. El libertarismo cultural se puede definir como una defensa de la libertad de expresión sin cortapisas en todos los ámbitos. Libertad para crear, para opinar sobre cualquier cosa y, cómo no, para consumir toda la información que queramos, incluso si se trata de leer el Mein Kampf, el Libro Rojo de Mao o cualquier otro libelo o ente cultural que no dañe fehacientemente la vida de los demás. Libertad para investigar temas tabú como las diferencias humanas o divulgarlos, sin que peligre una carrera científica, la financiación de un proyecto o una reputación. Libertad para poner el dedo en las llagas de la sociedad y apretar bien fuerte, como decía Houellebecq. Libertad incluso para poner en duda la misma libertad. En suma, el libertarismo cultural implica que somos mayores de edad y responsables de nuestros actos. Que no debería haber espacios seguros en las universidades donde puedas refugiarte de la realidad.  Que ningún producto cultural esté prohibido, por mucho que se afirme que lastima los sentimientos de alguien. Créeme: aunque lo prohíbas se seguirá leyendo, viendo, comentando, consumiendo, pensando. Hay muchos foros en Internet, páginas de descargas y catacumbas digitales. Y mejor no hablemos de la Deep Web. Ni, bueno, de Forocoches.

Contra el libertarismo cultural o la libertad filosófica, protestan en una suerte de Santa Alianza ciertos sectores de izquierda y derecha. Conforman un neopuritanismo o autoritarismo cultural en el que llegan a confluir en algunas posturas: mis ojos han contemplado a conservadores de la vieja escuela y a progresistas autodenominados “feministas” clamando juntos (pero no revueltos) por la prohibición de la pornografía o de los videojuegos violentos como el GTA, aunque ni los videojuegos aumentan la agresividad de los jugadores ni el porno es tan malo (aunque hay discusión) como creen. Además, cada uno, en su bando, parece sugerir que su oponente no solo no tiene razón, sino que encima tiene males intenciones y habría que censurarlo o hacerle callar de alguna forma. El linchamiento masivo en redes sociales como Twitter se cobró la reputación del talentoso bioquímico y Premio Nobel Tim Hunt, así como del jefe científico de las operaciones de la Agencia Espacial Europea, Matt Taylor.

No importa que al final se supiera que lo de Hunt fue una caza de brujas premeditada, donde sacaron sus comentarios de contexto, ni que la camiseta “machista” de Taylor fuera un regalo de cumpleaños diseñado por una amiga suya (que a la postre sacó pingües beneficios por el éxito de la prenda). El daño ya estaba hecho. Lo de Taylor y Hunt se interpretó como una ofensa a identidades y sentimientos y se justificó su cese. Y ni siquiera Richard Dawkins, siendo progresista, se salvó de sus propios seguidores cuando dijo que las razas (o las poblaciones humanas) no eran constructos sociales, sino realidades biológicas. A estas alturas del partido, el pielfinismo, que aboga por el despido laboral e incluso por la aniquilación física de todo aquel que tenga prejuicios distintos a los propios empieza a ser preocupante. Uno ya no sabe si contar un chiste ante una audiencia más o menos desconocida, por miedo a que le tachen de gordófobo, sexista, homófobo, islamófobo, fascista, rojo, antisemita, racista, patriarcal-cisgénero, anticlerical, especista o existencialista. Si el chiste es malo, pues es malo. Ni puta gracia, etcétera.  Pero no tiene sentido ni refleja demasiada madurez montar un sainete o pedir la cabeza de tus enemigos por una broma. Ni tampoco por cuestiones más serias. Si está equivocado, estará equivocado. Si tu respuesta ante un argumento es un lloriqueo, un insulto o invocar el ostracismo contra tu enemigo, flaco favor haces a tus propias coordenadas ideológicas.

En definitiva, el libertarismo cultural valora más los hechos que las emociones, la libertad individual que la identidad o el grupo, la libertad filosófica que la censura, la natural diversidad de opiniones que el consenso artificial de lo políticamente correcto. No significa que todas las opiniones sean válidas o que tengamos que abandonar el criterio, sino que en el ecosistema de las opiniones puede caber (y ser criticado) cualquier tema. Aunque nos joda. Y me parece que sería un entorno de ideas más saludable que tener que pedir disculpas preventivamente cada vez que digamos algo que pueda ser interpretado como ofensivo. Todo militante se enfrenta al hecho paradójico de que si tuviera éxito en su cruzada y consiguiera el triunfo absoluto de su cosmovisión, conseguiría una homogeneidad ideológica que supondría el fin de todo su militantismo, de su superioridad moral (al no haber adversarios) y de su fe. Qué mejor, entonces, que una ecología cultural heterogénea, que un libertarismo cultural. Todos ganamos.

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