La regulación de tu vida

La obsesión de la vieja Europa de regular todo a través del Estado, como un padre sobreprotector que satura e impide el desarrollo de sus hijos. Algo similar ocurre con la economía en el continente. Esto provoca problemas a la hora de innovar y avanzar. Puesto que el estado lo controla y ha de controlarlo todo, se producen trabas, impuestos sobre impuestos, burocracia kafkiana y demás, que impide y corta las alas de nuevas empresas y proyectos que darían vida a una economía cada vez más enrevesada.

La tecnología nos permite abaratar gastos, reducir impactos medioambientales y de circulación, y todo esto mejorando la movilidad y comodidad para los usuarios. Pero para ello, habría que tener una mentalidad distinta. La predominante es que el Estado nos proteja ante cualquier problema. ¿Que nos quedamos sin trabajo porque han cambiado las tecnologías? Que el Estado nos blinde el contrato. ¿Que nuestro modelo de negocio ha quedado obsoleto? Que el Estado regule y prohíba los nuevos desarrollos. Como en la vieja historia de los vendedores de hielo, pedimos al Estado que ilegalice a los fabricantes de neveras.

Esa es la mentalidad. Una más adecuada sería aprender a arreglar neveras, o fabricarlas nosotros. El ejemplo está en el artículo: General Motors, la megaempresa del motor, en lugar de presionar para hiperregular Uber o los coches autónomos, ha hecho algo más inteligente. Invertir en ese futuro. De la misma manera, podrían haber hecho las empresas discográficas invirtiendo en modelos de futuro, descargas online, etc. Lo han hecho, pero tarde y mal. Solo hay que fijarse en que fue Apple, una empresa de tecnología y ordenadores, la primera que montó un sistema de distribución de música digital.

Sin embargo, en la vieja Europa parece que seguimos manteniendo las viejas ideas. El Estado es para los europeos como un padre para un adolescente: le critican, insultan y desafían cuando no les conviene; claman su ayuda llorando y pasando por víctimas indefensas cuando se ven perdedores. Por ejemplo, cuando la primera empresa de coches autónomos llegue a Europa desde EEUU (muy previsiblemente), llorarán y clamarán al Estado para que prohíba su comercialización porque “qué pasa con todos esos pobres conductores de taxi y autobús, y sus familias”. En lugar de hacer a tiempo la conversión, en lugar de ir transformando las empresas en modelos de futuro.

Pero para ello, hay que tener otra mentalidad. La de que cada uno ha de buscarse las castañas, ha de tomar decisiones sobre su vida y futuro y asumir las consecuencias y los fallos. Porque los aciertos y sus beneficios luego nadie los comparte, claro. Y sí, el Estado es un acuerdo entre todos los ciudadanos para dotarnos de unas reglas de convivencia y mantener una sociedad cohesionada. Pero eso debería centrarse principalmente en tres ejes de monopolio nada más, haciendo que las demás normativas permitiesen la libertad de cada individuo de acertar o de cometer errores independientemente del Estado. Que su éxito o su fracaso dependiese de el individuo, no de las condiciones favorables o no que proporcionase ese estado.

Por cierto, los tres ejes serían: sanidad, seguridad y educación. Y de la última, cada vez tengo más dudas.

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