La politización del mundo o el coñazo permanente

Parece obvio que los debates políticos con nuestros amigos o parientes no sirven para nada. Más allá de asuntos técnicos muy específicos, en política el diálogo no suele servir para otra cosa que para mostrar nuestro (eterno) desacuerdo y para enfadarnos mucho. Esto no es nuevo. Ya Platón vio que lo que nos llevaba al conflicto era la imposibilidad de un acuerdo absoluto sobre las cosas humanas.

El esquema habitual de una conversación sobre política es simple. Y da igual si tiene lugar en las redes sociales o en el bar de la esquina. Sujeto 1 dice que X política/político/ley/partido es mejor que Y política/etc. Sujeto 2 le espeta que la cosa no es así, ya que Y política/etc. es mucho mejor. Ambos perciben al otro como un tío que no se entera de la movida e incluso tiene malas intenciones. La discusión se alarga y con el tiempo aumenta la intensidad de las palabras. Debates sobre el tamaño deseable del Estado, sobre política territorial o políticas sociales desembocan en rifirrafes de expresión de sentimientos, “tú no entiendes nada” y golpes en la mesa. Al final, lo más común es que la pelea muera por llegar a un callejón sin salida, por insultos o por puro aburrimiento.

Debatir en política implica echar a la palestra todos nuestros sesgos cognitivos, todos nuestros “dioses”. Identificarnos con una postura política tiene mucho que ver con el sentido de pertenencia, que poseemos como animales sociales. Nos sentimos parte de un grupo superior, que nos llena y sentimos como nuestro. Esto puede explicar por qué justificamos ciertas actitudes que criticamos en otros. Y como han sugerido Jonathan Haidt y sus colegas con su teoría de los fundamentos morales, probablemente en el trasfondo de nuestra actitud política actúan principios morales modulados por la genética y la sociedad que determinan lo que nos parece bien o mal, justo o injusto. En cierto modo, los progresistas, los conservadores y los libertarios perciben el teatro político de manera distinta y por ello no nos entendemos. Y entre los progresistas hay cierta dificultad para entender lo que piensa realmente un conservador; existe “daltonismo moral”, como lo llama aquí Quintana Paz.

En España la politización se ha incrementado un poco tras la crisis. Hablamos más de política cuando las cosas van mal. Hay algo de positivo en que interesen más los asuntos políticos y económicos, pero parece claro que la mayoría de debates al respecto (como en todo) tiene más en común con el tertulianismo que con un café de ilustrados y que la polarización de la sociedad mediada por “guerras culturales” no es muy sana. Aunque se suele repetir mucho que conviene que los jóvenes “se politicen”, si eso se traduce en que se conviertan en forofos a jornada completa del partido X o Y (y si son varones jóvenes solteros, hay mayor propensión a este tipo de fanatismo), mejor sería que gastasen su (valioso) tiempo de una forma más productiva y menos coñazo. Total, a no ser que tengamos una concepción chamánica de la política, sabemos que a buena parte del politiqueo democrático se lo lleva el viento de la historia.

Las redes sociales tampoco ayudan a mejorar el debate. Twitter es similar a una cámara de eco: seguimos a gente con ideologías similares a la nuestra y eso nos lleva a creer que nuestras coordenadas políticas están sobrerrepresentadas. Pero el mundo no es Twitter. Y ya cansan un poco los “zasca”, los “thug life” o demás que pululan por ahí y la militancia intensa e inefectiva (por intensa) contra todos los demás, que se sustentan en la curiosa idea de que si alguien tiene buenas habilidades verbales o retóricas para ganar un debate es mejor en algo no directamente relacionado con ello.

Pero este post tampoco sirve de mucho, no nos engañemos. Seguiremos hablando enfurecidos sobre los políticos y sus circunstancias mientras (como recordaba Nick Land hace un tiempo en su Twitter) CRISPR, la impresión 3D, el coche autónomo y el coche eléctrico, nuestra crisis demográficabitcoinla automatización o la elaboración de nuevos materiales avanzan poco a poco por debajo, invisibles pero significativos, como los microbios de La guerra de los mundos.

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