La difícil relación entre la izquierda hípster y “el pueblo”

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Cada cierto tiempo ocurre. Alguien se burla en las redes sociales de la gente que ve Sálvame, Cuarto Milenio, alguna serie española de humor o el fútbol. Los llama borregos, idiotas o alienados. Él, en cambio, es inteligente, ya que está enganchado a alguna serie “sofisticada” de HBO y lee a Ernesto Laclau en sus ratos libres. Incluso le sobra tiempo para ir a un Congreso de Teoría Crítica a dar una ponencia (delante de quince personas) sobre las estructuras psicolingüísticas de los sujetos neoliberales o acerca del Acontecimiento en Vattimo y Heidegger. Lo cierto es que algunos de los que ven a Belén Esteban o el último especial de Iker Jiménez lo hacen porque llegan agotados de un trabajo aburrido o duro y su mayor interés es pasar el rato con algo entretenido. No hay más. Llamadme loco, pero para eso solía usarse la televisión. A otros, y aquí ya estoy siendo más radical, a lo mejor simplemente ¡les gusta el fútbol!

Como cuenta Víctor Lenore en su ensayo sobre los hípsters (de calidad irregular) hay un ala hípster en la izquierda, también llamada izquierda caviar, formada por una clase media-alta y alta semiculta que cree que su tarea, como en los tiempos de Lenin, es la de conformar la vanguardia de la clase obrera, guiar al pueblo. Y muchas de sus características son comunes, en vida y obra, entre los miembros de la cúpula de Podemos y buena parte de sus militantes más persistentes que, como sabemos, suelen ser jóvenes universitarios urbanitas. Leen y difunden en su círculo a autores oscuros y confusos como Toni Negri o Deleuze. Comparten constantemente memes en las redes sociales (posteados en páginas de agitprop) contra el “borreguismo de las masas”, postureando moralmente contra los que estamos en el error pecaminoso de creer que Podemos no es la solución a todos nuestros problemas. Y no olvidemos que el postureo moral es el equivalente en el mundo moral a un pavo real enseñando su cola.

Parece que no simpatizar con el partido de Pablo Iglesias significa no estar en la onda, no ser guay: no quieres un cambio en este país, eres de la vieja política, seguro que votas al PP, los demás roban más, estás negando la realidad de la miseria de mucha gente, etcétera. Eres un vil, no eres de la “gente decente”, eres casta. La estrategia de comunicación política de Podemos en estos años ha sido una obra maestra y ha tenido un notable éxito. Al igual que los equipos de mercadotecnia de Apple, los peces gordos podemitas han sabido ver lo que quería escuchar su público objetivo y se lo han dado en un formato claro y sencillo y con un tono cuasirreligioso, aunque en las altas esferas del partido no se tomen la horizontalidad ni el poder de las asambleas muy en serio. A diferencia de IU, a los que no les ha servido el truco de mediamarktizar su estrategia de redes sociales y poner al carismático Alberto Garzón (que ha descubierto que la política es sucia), en Podemos tienen claro que la ideología de la indefinición funciona mejor en época de crisis que el purismo ideológico.

Hay algo que hay que tener presente: en democracia, (cierta dosis de) populismo es inevitable. Félix Ovejero señala que todos los partidos se acusan de populistas y todos tienen razón. Dados nuestros sesgos cognitivos, el votante racional parece que es un mito y la democracia, más allá de su ropaje mitológico, no es otra cosa que un sistema de agregación de preferencias y de rotación pacífica de la élite gobernante. A su vez, un partido, a fin de cuentas, es un mecanismo que sondea preferencias de parte de la población y pretende ganar elecciones (y recalco lo de ganar elecciones) para ejercer determinadas políticas. Sin embargo, Podemos, más que como un partido clásico, se concibe como una máquina de amor, prácticamente como un movimiento evangélico similar a los bogomilos medievales.  No es un mero producto como los demás partidos: Podemos es una experiencia. Es el café de Starbucks del panorama político español.

La cosa es que el término “pueblo” es un problemón. Nos lleva al engaño metafísico si vemos en él algo más que una ficción. El pueblo no existe más que en la poesía del discurso: es un conjunto heterogéneo de individuos y grupos con afinidades diversas. El pueblo bulle de conflictos internos y muchos no tienen solución (política) alguna ni es deseable que la tengan: el disenso es provechoso. Que un partido político pretenda monopolizar una supuesta voz de “la gente normal”, que busque construir “pueblo” o “hegemonía” tiene su peligro, sobre todo si tenemos en cuenta la relación entre su desproporcionada retórica épica y su número de votos real.

No es de extrañar tampoco que la cúpula de Podemos tenga un doble discurso. En esta conferencia, Pablo Iglesias explica que el discurso “de la izquierda” para ganar las elecciones es una cuestión y lo que se crea de corazón es otra. La revolución leninista no triunfó proclamando las esotéricas virtudes del materialismo dialéctico frente a las filosofías burguesas, sino que obtuvo la victoria en el plano ideológico al prometer “paz, pan y tierra” y en el plano político al emplear el poder (poder: conseguir que gente armada haga lo que quieres) para la conquista del Estado.

En resumen, Podemos es el triunfo de cierta tecnocracia, de una izquierda hípster nacida en las aulas universitarias, más bien lejana al nebuloso y desconocido ciudadano medio; un partido que se ha vendido con éxito como un grupo espontáneo nacido de la indignación popular.

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