Intelectuales contra intelectuales

El lunes leí una curiosa entrevista a Ignacio Sánchez-Cuenca contra los intelectuales y los “todólogos”. Sánchez-Cuenca es un politólogo/sociólogo y profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III de Madrid que suele opinar de vez en cuando en El País, El diario y otros medios. En la entrevista se promociona su último libro, La desfachatez intelectual. Escritores e intelectuales ante la política, donde este autor desarrolla una tesis que ya había bosquejado en algunos artículos: el daño que hace la (desmedida, según él) influencia de ciertos escritores en el debate político español.

En qué estoy de acuerdo.

Probablemente Sánchez-Cuenca tiene razón al afirmar que los artículos sobre política que predominan en los periódicos más leídos de nuestro país son de carácter literario, retórico u “holístico”. Es lo que él denomina “literatura política”. Todavía hay escasez de artículos analíticos que sustenten sus afirmaciones más contundentes con datos empíricos. Como Sánchez-Cuenca, tengo la impresión de que valoramos más lo que dicen los intelectuales de letras que en el mundo anglosajón, donde gente como Nate Silver, Noah SmithSteven Pinker o Matt Ridley, por mencionar unos pocos, suelen hablar de política con datos, y donde los laboratorios de ideas (think tanks) de análisis político y social tienen una enorme importancia.

El auge mediático en España de los politólogos y los economistas tras la crisis responde a la demanda de un enfoque diferente, alejado de los tertulianos habituales de partido y más “objetivo” y “técnico”. Sin embargo, se ha recorrido poco camino y la desconfianza ante un enfoque más pragmático de la política (la política basada en pruebas) todavía parece considerable. Y no conviene olvidar que tal política experimental puede tener costes políticos a corto plazo y que no es fácil venderla en el marco democrático-electoral. La política de resultados es poco “sexy” y preferimos enfrascarnos en debates bizantinos sobre si una medida es de izquierdas o de derechas.

En qué no estoy de acuerdo.

Como ya decíamos aquí, todos tenemos sesgos cognitivos. Expertos incluidos. Nadie se salva y en esta casa también los tenemos, y bien gruesos. Por eso no deja de ser llamativo que Sánchez-Cuenca mencione especialmente con nombre y apellidos a intelectuales liberales, conservadores o simplemente críticos con algún aspecto de los gobiernos del PSOE, con los nacionalismos periféricos o con el estado de la educación en España: Vargas Llosa (que acertó ya en 1999 sobre el destino futuro de Venezuela), Fernando Savater, Félix de Azúa, Jon Juaristi, Arturo Pérez-Reverte… Sí, todos han hecho alguna que otra afirmación gruesa, ¡pero también lo hace Sánchez-Cuenca en la entrevista! Además, ¿se ha cuantificado si el panorama intelectual e intelectual de nuestra nación es (políticamente) conservador? ¿En serio cree que la postura liberal de Vargas Llosa es la que predomina en el discurso de la literatura política? Espero que se entienda que ahí hace falta el [citation needed] que pide a los demás.

Por otro lado, Sánchez-Cuenca se queda corto. Si es deseable, como él mismo afirma, aumentar la calidad y la pluralidad del debate político español, yo propongo también que hablemos de asuntos incómodos, de lo que no se dice. Metamos en la conversación las sugerencias de la genética del comportamiento (y 2), la importancia de la inteligencia en la educación (y en otros ámbitos), las diferencias biológicas de género, la falta de diversidad ideológica en las ciencias sociales, los problemas de la democracia de masas,  la posibilidad de una eugenesia sensata en el siglo XXI, nuestros problemas demográficos en el marco del Estado de Bienestar y un largo etcétera. ¿La apertura del campo de debate político incluye dudar del axioma de que lo cultural siempre se explica con lo cultural?

Si podemos enriquecer el debate con esos temas sin ser tachados a priori de “fascistas biologicistas”, yo encantado. Pero si limitamos esto a una lid entre científicos sociales “progresistas” y literatos “de derechas”, esto es, a otro conflicto de intelectuales contra intelectuales por la hegemonía cultural, estaremos solo un ápice mejor que antes.

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