La democracia está sobrevalorada

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La crítica de la democracia es una herejía en nuestro tiempo. Si dices en público que eres un antidemócrata o que no crees que la democracia sea el mejor sistema del mundo ya estás perdido: eres un fascista elitista, defiendes la dictadura, no crees en el pueblo. Pasas a ser un apestado, alguien indigno de respeto. Esto es normal, ya que la ideología democrática, como la religión de los Derechos Humanos, es uno de los pilares del consenso político implícito en el que participan instituciones, líderes, intelectuales y medios de comunicación y que algunos llaman, simbólicamente, La Catedral. Desde luego, no estamos hablando de ninguna teoría de la conspiración, sino de un consenso relativamente descentralizado y dado por hecho por los tontos inteligentes de nuestra época.

Sin embargo, hay buenos indicios para pensar que la democracia, en tanto que democracia, está sobrevalorada. Incluso podría ser irrelevante para algo tan vital como el crecimiento económico, que requiere apertura al mercado, estabilidad, derechos de propiedad y leyes sólidas, ¡pero no necesariamente democracia! Esto lo sabemos muy bien: hay multitud de naciones que “han salido de pobres” o están saliendo bajo algún tipo de régimen autocrático  o paternalista que ha adoptado medidas de mercado. Por otro lado, y como ya sabían los antiguos, lo que llamamos “pueblo” es un conjunto siempre diverso y voluble de individuos y grupos más o menos enfrentados entre sí, amén de los sesgos cognitivos y la irracionalidad en la que estamos atrapados, una cuestión que Bryan Caplan ha tratado con detalle. Por lo demás, las empresas exitosas y buena parte de las instituciones que más han perdurado tienen poco de democráticas; incluso podríamos afirmar sin problemas que la disciplina, la claridad moral y un liderazgo efectivo (en suma y hablando en plata: chorros de testosterona) son rasgos clave de su supervivencia y prestigio.

Cuando inventemos el equivalente a Uber en cuestión de gobernanza, por así decir, no deberíamos llorar mucho por abandonar la democracia si ésta es inefectiva. Aunque suene polémico, dudo que nos preocupasen mucho nuestros “derechos políticos”, como el derecho al voto, si nuestro país está bien gestionado (pensando en el largo plazo, no en las siguientes elecciones), es eficiente, seguro y la economía va muy bien. Véase Singapur, una ciudad-estado gestionada en cierta medida como si se tratara de una empresa privada y que en líneas generales funciona estupendamente.

La democracia está sobrevalorada

Brexit, fragmentación y competencia

Es muy probable que la Unión Europea esté condenada. Es feo decirlo, pero quizá sea así. De hecho, visto el panorama actual es muy difícil apostar por su supervivencia a largo plazo. El historiador de la “cliodinámica”, Peter Turchin, señala que la UE es una especie de “imperio pacífico” (o posmoderno) que ha entrado en una fase de disgregación. Después de la época triunfalista del europeísmo, la asabiyyah europea está bajo mínimos y su población nativa no para de envejecer, de enfrascarse en problemas económicos y políticos, de perder la fe en su pasado y, de modo más general, de renegar de su modo de vida. Los pueblos europeos comienzan a percibir a la UE como un caballo perdedor:

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Como supo ver Robert Kaplan en La anarquía que viene, un libro profético de 1994 y ha reafirmado en varios artículos desde entonces, el siglo XXI es y será el siglo de la fragmentación. En una deliciosa paradoja, de esas que hacen chirriar a la Narrativa, mientras la mundialización se intensifica, fluye el comercio, se comparten memes y las distancias se acortan, no deja de aumentar la potencia y el atractivo de los particularismos, se reinventan las identidades, los descubrimientos biológicos desafían el dogma igualitario de la modernidad y remarcan nuestras diferencias, se erigen más y más muros y la reacción, irónicamente, se pone de moda gracias al mundo nerd, vestida con nuevos ropajes ciberpunk. Por algún extraño motivo, el globalismo igualitarista estricto no consigue cuajar más allá de las élites urbanitas socialdemócratas y universitarias de alto CI y no todos los hombres aspiran a ser “ciudadanos del mundo”. Podríamos decir, aunque suene un tanto grandilocuente, que la modernidad universalista ha acabado generando a sus (posibles) sepultureros.

Y la UE está sufriendo los efectos de esta entropía social: pronto puede que Francia, los Países Bajos o cualquier otro país comunitario considere marcharse en el futuro. Los contrarios al Brexit han advertido de un posible efecto dominó y tienen toda la razón. Pero en sí misma, la balcanización  y la fragmentación pueden reducir las tensiones y tener efectos beneficiosos: en parte, las potencias europeas superaron a la China imperial porque habían competido entre sí durante siglos y no estar al día tecnológicamente en tal situación era equivalente a ser conquistado o perder para siempre el tren del comercio. Una Europa de fronteras y naciones diversas también salvaguardaba de la persecución a notables pensadores que decían lo que no se podía decir.  Quizá, más que hacia una nueva era de bloques imperiales, dada la fragmentación global, estemos yendo hacia un panorama centrado política y económicamente en Estados territorialmente más pequeños o en megaciudades “inteligentes”, conectadas al mundo pero orgullosamente competitivas, antifrágiles, diferentes y (en algunos aspectos) cerradas. En ese sentido y dado el resultado del Brexit y la división ideológico-territorial de la nación, no me extrañaría que en unas décadas la multicultural Londres se planteara “independizarse” del resto del país o viceversa (ya son dos mundos aparte), aunque hoy por hoy sea una fantasía divertida.

Brexit, fragmentación y competencia

¡Que viene el lobo!

Llevamos años ya de justicia social en los medios, con lo políticamente correcto dominando el entorno y la comunicación pública hasta el punto que el hartazgo ha hecho que Trump parezca imbatible. Y seguimos viendo caso tras caso de llamada de auxilio, de acusación de misoginia, racismo u homofobia en el momento en que alguien se atreve a desafiar el discurso oficial. Incluso en EEUU, estos luchadores de la justicia social empiezan a clamar por eliminar el derecho a libertad de expresión porque es ofensivo que alguien les lleve la contraria o que alguien piense distinto. Es decir, consideran que el que alguien contradiga sus opiniones o defienda ideas que les resultan ofensivas es algo que les pone en peligro.

La cosa es que desde hace mucho tiempo se ha ido gestando una serie de sectores sociales que se han convertido en víctimas perpetuas. Una generación de niños mimados que piensan que el mundo ha de plegarse a sus deseos. Y se les ha tratado tan bien, se han atendido tan diligentemente sus problemas y disgustos, que resulta duro volver a ser un ciudadano normal, con sus pros y sus contras. La casta de los sobreprotegidos, que no quieren ceder un ápice de su poder. Porque sí: alegar acoso, sexismo u odio en cuanto alguien te lleva la contraria y te gana con argumentos y que funcione para silenciar el debate… es poder. Y mucho.

El problema es que, como dice Milo en el enlace anterior, esto es como el cuento de Juan y el Lobo (bueno, él no habla del cuento, que por el nombre tiene pinta de ser muy castizo): que llega un momento en que, aunque de verdad venga el lobo, nadie te hace caso porque has perdido toda credibilidad. Quizá muchos, que aún no se han dado cuenta de esta dinámica tan común hoy, piensen que hay un aumento en el numero de racistas, misóginos, homófobos y mala gente en general. Pero me da a mi que se trata más bien de que la gente está levantando la liebre y los medios en seguida les tratan de extremistas violentos o, como poco, intolerantes. Todo con tal de no desafiar la narrativa oficial.

internet_white_knight_colored_4350Pasa con los grupos que aparecen que luchan por los derechos de los hombres (y los padres en particular), que son tachados de machistas y de misóginos sin valorar los argumentos. Porque en cuanto se grita “¡que viene el lobo!” toda una cohorte de guerreros de la justicia social, caballeros al rescate de las damas (a través de internet) y demás bienpensantes, salen a contraatacar, sin pararse a mirar los argumentos de cada uno. Porque si alguien tacha de misógino o machista a otro, no hay argumento que valga: el debate ha terminado. Ese es el truco, que ya nadie va a molestarse en indagar en los argumentos de ambas partes, porque son acusaciones pegajosas que afectan a quien las recibe y también a quien se mantiene imparcial o busca razonamientos. Así funciona.

Lo mismo con los refugiados y su problemática. Países cerrando fronteras ante los problemas que supone una política de puertas abiertas; pueblos afectados protestando por la cantidad de problemas que lleva el meter en un pueblo pequeño tres veces la población existente, con culturas muy diferentes y en conflicto en muchos puntos; la plaza de Colonia en Año Nuevo y gobiernos asociados con medios de comunicación para censurar noticias al respecto, porque entraban en conflicto dos principios de la narrativa: no podían clamar acerca del racismo de los que dudan de la política referente a los refugiados, ni podían clamar en contra del machismo imperante, puesto que eso apuntaría a los sucesos de Año Nuevo. Da lo mismo, no miremos sus argumentos porque alguien ha gritado “¡que viene el lobo!” así que son racistas, xenófobos y fascistas inhumanos. La misma historia.

¿Es el coleteo final de unos medios de comunicación corruptos, de una ideología buenista y globalista que ha fracasado por obviar cosas como la realidad misma? ¿O es el comienzo de una nueva etapa de censura? Tal vez el fin de la cultura occidental, que se ha convertido en una cultura con odio hacia sí misma en base a hechos que cualquier otra cultura en la historia ha realizado (se llama supervivencia, tribus y biología, nos guste o no) y, cual Roma imperial y decadente, será fagocitada por los “bárbaros”. A nivel especie, parece que las cosas siguen su curso, puesto que los bárbaros derrocaron a Roma, pero ni el mundo ni la civilización se han detenido. Sin embargo, como perteneciente a esa cultura, me parece lamentable ver a tanto buenista autoflagelándose por haber nacido caucásico, en el primer mundo o con pene. Porque si somos iguales sin importar el color, el país o el sexo con el que nacemos, no deberíamos considerarnos peores que otras culturas. Todo absurdo, infantil.

Hablaremos en siguientes artículos sobre hechos relacionados con el de hoy.

¡Que viene el lobo!

Titulitis, pasión y universidad

Retomando la entrada del otro día, encontré este texto al respecto.

Dice aquí que “No es necesario que dejes de hacer lo que haces, pero empieza por trabajar en aquello que te apasiona poco a poco, para darte cuenta en un tiempo que podrás dedicarte a ello.” Pero no estoy de acuerdo. Es un error común pensar que la pasión que tenemos hoy será la misma pasión que tendremos dentro de 10 años. No es cierto.

Como decía Steve Jobs, los puntos se conectan hacia atrás, no hacia delante. En cada momento está bien tener pasiones y seguirlas, dentro de lo posible. Pero también hay que ser consciente de que esas pasiones pueden cambiar: por nuestras experiencias vitales, podemos descubrir otra cosa que nos apasione más, o sentirnos decepcionados al descubrir que eso que pensábamos apasionante, no lo era tanto.

Y este es un error fundamental que se comete: meterse en 5 años de carrera porque en el momento, pensamos que es nuestra pasión. Luego, resulta que no nos gustaba tanto, solo que no conocíamos suficiente.

Por otro lado, volviendo al tema de la universidad. ¿Es necesaria hoy en día? Con los cursos online de universidades de todo el mundo (cursos de alto nivel), el acceso a la información y la capacidad de construir casi cualquier cosa con un ordenador y componentes relativamente baratos (al menos, a nivel tecnológico), ¿qué valores aporta la universidad presencial? Si no podemos asegurar que solo los mejores de cada sector están enseñando y que, además, son los mejores docentes, ¿qué diferencia marca? Quizá es solo cuestión de disciplina… Porque la universidad hoy en día es más una entidad certificadora que un lugar donde aprender nada. Un negocio que ofrece un certificado que acredita un conocimiento, en principio, pero que no aporta realmente la certeza de que el poseedor tenga ese conocimiento. No hay más que ver la baja calidad de los máster hoy en día. Los máster que eran algo caro pero muy valioso, ahora es casi una obligación para competir en igualdad de condiciones, puesto que todo el mundo parece tener uno. Y respecto a su calidad, solo decir que es decepcionante en general.

En EEUU surgen muchas voces contrarias a la universidad como un gasto de tiempo y, sobre todo, dinero que supone una carga enorme para el desarrollo posterior de la vida laboral. Claro que allí supone asumir préstamos que han de pagarse, y no todas las carreras van a ser rentables. Sin embargo, no olvidemos que la universidad no es gratis, y no solo por las tasas y pagos (que son ridículos en comparación con EEUU), sino por todo el dinero estatal que las financia (que sale de los impuestos). Por tanto, es momento de replantearse la universidad y hacer de ello algo realmente adaptado a los tiempos y útil para el individuo y la sociedad. ¿Pero cómo?

Titulitis, pasión y universidad

Políticamente correcto, moralmente corrupto

Ese es el mundo que tenemos en Occidente hoy en día. Cualquier cosa que rompa la Narrativa oficial, la idea de un mundo de paz y armonía, de gente bondadosa, compartiendo el pan y libres de la opresión, está censurada en Europa. No son pocos los casos recientes de medios de comunicación justificando y silenciando noticias. Facebook y sus métodos de censura, gobiernos progres conchabados para acallar las críticas y los conflictos. Llegamos a un punto tan grave que se silencian agresiones que hubieran supuesto un escándalo internacional de haber sido cometidas por un europeo.

Politically Correct Schoolgirls Cover Up Their Own Sex Attacks At Hands Of Migrants

Así está el mundo, y sólo va a cambiar o a mejor o a peor. Pero no lo hará de forma tranquila…

Políticamente correcto, moralmente corrupto

Trueque, moneda y control estatal

No es mejor el trueque, no es mas eficiente ni mas justo. El dinero, la moneda, se impuso porque era mucho mas eficiente, mejor para la economía (de todas las personas, desde comerciantes, compradores y banqueros hasta los mismos reyes). Decir que es un invento del capitalismo es un sinsentido. Decir que es el mal del mundo es no saber de que se habla. El dinero es una herramienta

Ineficiencias

Vayamos al asunto. En muchos entornos más o menos anticapitalistas, se tiene el trueque como la manera más justa, o una manera más justa, de gestionar la economía que el propio dinero. Ven este último como una herramienta maligna impuesta por “los mercados”, esos entes malvados. Y consideran que muchos problemas actuales vienen por existir el dinero. Las personas, dicen, se convierten en esclavas del dinero y de su posesión. En parte es cierto, pero la esencia es que no entienden que el dinero es una herramienta para conseguir cosas: comida, comodidades, ropa… ¿Hay gente que se obsesiona con el dinero? Puede ser, pero porque no han entendido tampoco para qué sirve.

Otro problema es que las experiencias con el trueque son parciales y limitadas a situaciones positivas. Ejemplo claro son los mercadillos de trueque. Básicamente, se organiza un evento donde participa todo el mundo que quiera y se llevan aquellas cosas que no se quieren o se necesitan, para intercambiarlas por otras. Todo el mundo acaba muy contento por haber participado en algo tan “alternativo” y “justo” como el trueque. Doy algo que ya no quiero y obtengo algo que tal vez quiera. Lo que no se ve a primera vista es lo siguiente: nunca son objetos de primera necesidad ni los que participan realmente necesitan aquello que obtienen o ceden. Puede ser muy divertido cambiar un libro que ya se ha leído y no interesa más, por cualquier otra cosa que llame la atención. Sin embargo, echando un ojo a los objetos que hay en esos mercadillos, es fácil darse cuenta de que prácticamente nada de lo expuesto tiene valor para el que lo aporta. Son los restos y cosas inútiles que nadie sabe qué hacer con ellas.

Esto es clave, puesto que las negociaciones resultan muy amistosas. Nadie necesita realmente ni lo que ofrece ni lo que pide. El ejercicio de verdad sería poner sobre la mesa recursos reales. Es decir, el trueque real sería intercambiar la única docena de huevos por un trozo de carne, leche o un kilo de arroz. No es un ejercicio posible, sólo teórico, puesto que se tendría que necesitar realmente ese producto para ver la dinámica que existe en los trueques. Al final, en un trueque, aquél que menos necesita es el que más consigue.

Imaginemos que una persona necesita arroz para comer durante más días y sólo tiene unos huevos. Pero el que tiene el arroz no está en esa necesidad. Salvo que haya mucha gente que quiera conseguir huevos, estás a merced del tipo que tiene arroz en abundancia y conseguirá menos cantidad que, por ejemplo, la semana anterior cuando nadie tenía huevos. Y no porque el que tiene arroz sea malvado, sino porque habrá otro que le de más cantidad o le de otras mercancías que le interesen más. Algo que cualquiera también haría, porque no somos idiotas. El precio de intercambio de los bienes cambiaría de forma variable e impredecible de una semana a otra obligando a la sociedad a vivir al día.

¿Y qué pasa si no hay lo que un individuo necesita? Tiene esa docena de huevos pero no hay, digamos, leche. Ha de guardar los huevos… pero se pueden estropear y se quedará sin nada. El dinero permite ahorrar e invertir en necesidades o en mejoras para la propia persona. Sin dinero, viviríamos en sociedades preindustriales donde, en contra de lo que puedan decir algunos nostálgicos de la nada, no se vivía mejor.

Resulta curioso que quienes participan en estas actividades, suelen predicar que es más justo, que el dinero no lo es y nos convierte en esclavos. Es curioso, porque precisamente el dinero nos permite comprar cualquier bien independientemente de cuál produzcamos. Y a un precio bastante más estable. Siempre que se entienda su uso como herramienta de intercambio en la dinámica de oferta y demanda (una dinámica que existe siempre, independientemente del sistema político y económico). Si no es así, si el Estado decide usar la moneda para imponer sus normas y controlar esa dinámica, entramos en una dinámica que va a destruir la economía.

Bitcoins y el control estatal

¿Por qué eso es así? Porque la principal característica de una moneda, para ser válida, es que su valor respecto a lo que se puede conseguir comprando, ha de ser más o menos estable a lo largo del tiempo. Pero qué ocurre si un Estado (que son los que controlan la moneda) o una agrupación de los mismos, fijan artificialmente los precios y modifican la cantidad de dinero disponible en base a sus intereses… pues que esa moneda deja de ser confiable, puesto que las 100 unidades de hoy, pueden valer menos mañana. Así que la tendencia es que la gente no ahorra, intenta gastar todo el dinero en otros productos más estables o de necesidad. En definitiva, se desajusta el sistema de forma artificial y se llega a una crisis.

La pregunta es: ¿de qué manera se puede mantener la estabilidad de una moneda? Al final siempre habrá que tener una entidad que la gestione, ¿no? Y los gobiernos parecen las más confiables… salvo que no haga falta esa entidad y la moneda se autorregule, siendo muy difícil imprimir o generar más moneda. La tecnología proporciona esa posibilidad.

Bitcoin es el enemigo del estado. Porque esta fuera de control. Estamos de acuerdo con que el estado existe para garantizar ciertas cosas, al menos de manera teórica. Es una forma eficiente de agrupar personas y dotar de reglas de convivencia a la sociedad así formada. Pero ocurre a veces que el estado se vuelve demasiado fuerte. No solo eso, sino que convierte a sus ciudadanos en niños pequeños que necesitan de su protección y consigue así perpetuarse como organismo controlador. Si los ciudadanos creen que necesitan un estado grande que controle todos los aspectos de su vida, nunca renunciarán a ese estado de forma voluntaria.

La moneda digital ha tenido muchos altos y bajos y ha generado mucha polémica. Sin embargo, ha llegado para quedarse. La idea es que no se puede generar moneda de forma arbitraria y las transacciones y control de la moneda se realizan de forma global y distribuida, usando tecnologías de criptografía y redes P2P. La variación del valor de la moneda ha variado muchísimo (aunque la tendencia ha sido casi siempre creciente), en parte porque su cambio se establece en base a monedas nacionales.

¿Será el futuro uno en el que la moneda sea digital? Hay muchos problemas añadidos, pero en cualquier caso, la moneda, el dinero, seguirá siendo por mucho tiempo lo que es hoy en día: una herramienta para articular una ley universal que es la de la oferta y la demanda.

Trueque, moneda y control estatal