Brexit, fragmentación y competencia

Es muy probable que la Unión Europea esté condenada. Es feo decirlo, pero quizá sea así. De hecho, visto el panorama actual es muy difícil apostar por su supervivencia a largo plazo. El historiador de la “cliodinámica”, Peter Turchin, señala que la UE es una especie de “imperio pacífico” (o posmoderno) que ha entrado en una fase de disgregación. Después de la época triunfalista del europeísmo, la asabiyyah europea está bajo mínimos y su población nativa no para de envejecer, de enfrascarse en problemas económicos y políticos, de perder la fe en su pasado y, de modo más general, de renegar de su modo de vida. Los pueblos europeos comienzan a percibir a la UE como un caballo perdedor:

euroescepticismo

Como supo ver Robert Kaplan en La anarquía que viene, un libro profético de 1994 y ha reafirmado en varios artículos desde entonces, el siglo XXI es y será el siglo de la fragmentación. En una deliciosa paradoja, de esas que hacen chirriar a la Narrativa, mientras la mundialización se intensifica, fluye el comercio, se comparten memes y las distancias se acortan, no deja de aumentar la potencia y el atractivo de los particularismos, se reinventan las identidades, los descubrimientos biológicos desafían el dogma igualitario de la modernidad y remarcan nuestras diferencias, se erigen más y más muros y la reacción, irónicamente, se pone de moda gracias al mundo nerd, vestida con nuevos ropajes ciberpunk. Por algún extraño motivo, el globalismo igualitarista estricto no consigue cuajar más allá de las élites urbanitas socialdemócratas y universitarias de alto CI y no todos los hombres aspiran a ser “ciudadanos del mundo”. Podríamos decir, aunque suene un tanto grandilocuente, que la modernidad universalista ha acabado generando a sus (posibles) sepultureros.

Y la UE está sufriendo los efectos de esta entropía social: pronto puede que Francia, los Países Bajos o cualquier otro país comunitario considere marcharse en el futuro. Los contrarios al Brexit han advertido de un posible efecto dominó y tienen toda la razón. Pero en sí misma, la balcanización  y la fragmentación pueden reducir las tensiones y tener efectos beneficiosos: en parte, las potencias europeas superaron a la China imperial porque habían competido entre sí durante siglos y no estar al día tecnológicamente en tal situación era equivalente a ser conquistado o perder para siempre el tren del comercio. Una Europa de fronteras y naciones diversas también salvaguardaba de la persecución a notables pensadores que decían lo que no se podía decir.  Quizá, más que hacia una nueva era de bloques imperiales, dada la fragmentación global, estemos yendo hacia un panorama centrado política y económicamente en Estados territorialmente más pequeños o en megaciudades “inteligentes”, conectadas al mundo pero orgullosamente competitivas, antifrágiles, diferentes y (en algunos aspectos) cerradas. En ese sentido y dado el resultado del Brexit y la división ideológico-territorial de la nación, no me extrañaría que en unas décadas la multicultural Londres se planteara “independizarse” del resto del país o viceversa (ya son dos mundos aparte), aunque hoy por hoy sea una fantasía divertida.

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