Algunas paradojas contemporáneas

Nota: mi portátil murió, así que escribo esto desde el móvil, con el lío que conlleva. La falta de enlaces y referencias correspondientes será solucionada en breve.

Como ya hemos comentado por aquí otras veces, la era posmoderna que nos ha tocado vivir está cuajada de contradicciones. Aquí procuraré hacer una compilación de algunas:

  • Mientras más igualitaria es una sociedad, más obsesionada parece mostrarse por la igualdad. La “igualdad” no se concibe como una meta alcanzable sino como una idea sublime poco definida (sin parámetros) o un mito para la revolución permanente, para la justificación de programas políticos de extrema izquierda. Los problemas que preocupan a los Guerreros de la Justicia Social, al verse solventados parcial o totalmente en Occidente, se fragmentan en microproblemas y así siempre hay un enemigo en el horizonte: escondido en la “estructura” social o económica, en la gramática o en el pensamiento. A la vez, no se critica la existencia de esos grandes problemas fuera de Occidente, sino que se justifican como parte de su identidad. Identidad que se niega por “reaccionaria”, por cierto, a los pueblos europeos.
  • En las últimas décadas del siglo XX proliferó la literatura tecno-optimista: hubo gurús que afirmaron que “la era digital” traería más progreso, más horizontalidad y democratización y ciudadanos mejor informados. Aunque quizá sea pronto para decirlo, se trata más bien de un panorama con claroscuros: Internet refleja también los límites del mundo offline: hay jerarquías, hay ruido informativo, hay propaganda. Encontrar información veraz y de calidad es tan complicado como siempre, si el sujeto no tiene la cabeza bien amueblada ya de partida. En cuanto al modelo productivo asociado al mundo digital, hemos visto que los ganadores en el juego son jóvenes, con estudios en disciplinas STEM y un alto o muy alto CI. Es decir: la concepción no-igualitaria del hombre se percibe como hecho biológico también en el supuestamente democrático  “mundo digital”. 
  • Aunque estamos rodeados de estímulos sexuales y creemos que nuestra época es más promiscua tras la revolución sexual practicamos menos sexo que las generaciones anteriores. Hay varias explicaciones: el auge de las enfermedades venéreas y la subida de los estándares sexuales que ha traído la abundancia de pornografía gratuita, entre otras. Hay una especie de estratificación del mercado sexual que se alimenta de la espiral de vanidad y hedonismo que traen aparejadas ciertas redes sociales o aplicaciones de ligoteo. 
  • Las ciencias biológicas (genética, psicología evolucionista, neurociencia, etc.) han tenido el mal gusto de no apoyar los fundamentos igualitaristas de la modernidad. Más bien, han mostrado como hecho científico que “el género humano”, más que una unidad, es un mosaico complejo de diferencias entre individuos, entre sexos y entre poblaciones. Esto es una consecuencia normal si, como se ha demostrado, no hemos dejado de evolucionar global ni localmente. No es muy serio creer que la evolución nos ha afectado por completo… excepto de cuello para arriba (el particular creacionismo de la izquierda posmoderna).
  • En los países donde más se ha invertido en igualdad sexual y en cerrar “brechas de género”, irónicamente, la brecha de género en profesiones se ha acrecentado. Además, los igualitarios países nórdicos sufren más “violencia de género” que los países “patriarcales” sureuropeos.
  • La genial paradoja de que los grupos contra la intolerancia empleen la censura, la falacia moralista, la difamación, el apoyo institucional, el linchamiento en las redes y, en fin, una completa estrategia de intolerancia (ahora conocida con el ridículo eufemismo de “tolerancia 0”), mientras los “intolerantes” piden libertad de expresión y libertarismo cultural para discutir libremente y sin tumultos temas fuera de la burbuja de lo políticamente correcto.
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Algunas paradojas contemporáneas

La izquierda aburrida y el fin del humor

Las pieles finas y lo políticamente correcto se han adueñado de la izquierda mediática. Esas herramientas sirvieron mucho en los 90 y principios de los 2000 para acallar a quienes pensaban diferente, para poder decir lo que querían sin contrarreplica. funciono tan bien, que han seguido usándolas y cada vez con mas intensidad. Dicen que en el comunismo de la URRS la vida era gris y sin humor, porque cualquier broma podía costarte caro. La ironía es una ofensa, el sarcasmo es traición…

Y así llegamos a hoy, donde los nuevos intolerantes, revestidos de la capa de supuesta bondad de la izquierda, intentan acallar, desprestigiar y destruir todo aquello que no les gusta y a todos aquellos que hacen bromas a costa de ellos. Unos vídeos de Jorge Cremades y su éxito sacan el totalitarismo y la envidia de los que no tienen humor, porque quieren demostrar su superioridad moral y su gran preocupación por todas las víctimas.

Y uno podría pensar que se debe a la doble vara de medir que tienen los reaccionarios de uno y otro signo, que cuando detectan que quien hace la broma no es de su cuerda, actúan inflexibles. Pero es algo más, puesto que no se salva ni el más apolítico o famoso de los humoristas. Porque las víctimas perpetuas, el virtue signaling y su superioridad moral actúan cual iglesia censora, incluso sin dioses. Los humanos no han necesitado dioses para imponer su visión del mundo sobre otros.

Ahora el humor también esta siendo vigilado y censurado. Les encantaría poder coger los guiones y tachar con rotulador negro todo aquello que les parezca ofensivo. El problema es que nos aburriríamos como ostras, porque esta gente es extremista y de mente cerrada. Tanto que todo les parece ofensivo. Supongo que habría que volver a los chistes de Jaimito (eliminando toda referencia a su sexo y al sexo de los demás protagonistas de sus chistes, o directamente cambiarlos) para poder hacer un monólogo aprobado por la nueva izquierda. Al final, parece que quieren que todos seamos Julio Anguita: un tipo inteligente, si (aunque desfasado en el tiempo), pero recto como una vela, aburrido y con un permanente enfado. Alguien que no parece disfrutar de nada sin haberlo programado antes, que asume todo como una obligación moral y no como algo que se pueda disfrutar.

Es la época de la identity politics, la política como acto definitorio de la persona. Ya no eres buena persona con ideas de izquierda, derecha, liberal o conservador. Ahora eres bueno o malvado, estúpido o inteligente, según tus ideas. No hay grados, solo blanco o negro, y ellos son el blanco, tu el negro. Aunque simplemente pienses distinto en una cuestión, con argumentos y motivos. Ya eres de los otros. Eres malvado.

Si empezamos censurando este tipo de humor ofensivo o grotesco, uno podría ir un poquito mas lejos, y censurar lo que es de gusto dudoso. Y después, seguir esa senda hasta censurar libros, películas e ideas que resultan ofensivas o contra la narrativa, cosas que empiezan a intentar, casi siempre desde la izquierda. Al fin y al cabo, como en las peores dictaduras y los mundos imaginarios (pero posibles) de Orwell y Huxley, el grupo siempre está sobre el individuo. Y eso exige que haya unos “vigilantes” con superioridad moral que controlen a quién se sale de la senda del conformismo. No se puede mantener un mundo colectivista si hay individuos que señalan lo malo, que destacan. Todos mediocres, incluso en el humor. Así, terminaríamos en un mundo orwelliano, porque si algo es ofensivo para mi y otros han podido censurar algo ofensivo para ellos, por que no? de nuevo, vemos el peligro de la justicia social convertida en policía del pensamiento. De nuevo, vemos que la libertad de expresión ha de servir también para discursos desagradables o con los que no comulgamos.

EXTRA:

Los mismos que se ofenden por unos vídeos claramente humorísticos (hagan gracia o no), les parece irrelevante los comentarios del Líder podemita sobre azotar hasta sangrar a una periodista que es del bando contrario. La deshumanización del enemigo. En el fondo es algo esencialmente humano, tribal y animal. Puesto que somos animales que creen ser más racionales de lo que son.

La izquierda aburrida y el fin del humor