No, no quiero “ser feliz”

Meme visto en el Facebook de Alec Windsor
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Casi el mundo quiere ser feliz pero nadie sabe con exactitud quién es esa señora llamada felicidad ni por qué merece toda nuestra atención y sacrificios. No hablamos aquí de la eudaimonía de los clásicos, el florecimiento intelectual que requiere transitar con esfuerzo durante toda una vida por el (arduo) camino de la virtud. Eso es realmente jodido de conseguir, si es que se logra. Tampoco tengo en la cabeza el bienestar o las definiciones más técnicas de la felicidad que han elaborado los expertos. Estoy pensando más bien en la ideología presente de la felicidad, la felicidad canalla, que es un mejunje de “evita la gente y los entornos tóxicos, el corazón todo lo puede, no tengas pensamientos negativos, ve a lo cómodo y lo sencillo, no te compliques la vida”. Hay quien  se obsesiona con la búsqueda de este tipo low cost de felicidad y acaba, al final, lleno de ansiedad y sin un puto duro.

Visto así, no es raro que Goethe afirmara que la felicidad es cosa de plebeyos. El desdén hacia tareas difíciles, la huida de cualquier tipo de tensión vital y el engaño que nos blinda ante los aspectos tóxicos (intrínsecos) de la realidad son actitudes más propias de cobardes o ermitaños psicológicos que de gente adulta y valiente. Si valoramos más que nuestros niños sean “felices” a que estén bien formados y que tengan contacto con el mundo real y el pasado, acabamos creando una generación poco preparada, victimista, poco flexible y, además, con pocas posibilidades de ser auténticamente feliz (en el sentido griego).

Cuando Nietzsche habló en su Así habló Zaratustra del “último hombre” estaba pensando en todo esto. El último hombre es la figura inversa del superhombre, esto es, un individuo que solo quiere ser feliz y, si puede ser, desde el salón de su casa, tumbado en un sofá. Podríamos incluso describir al último hombre como alguien vitalmente emasculado: ha perdido las ganas de explorar, la curiosidad de ir más allá, de aprender con esfuerzo y sufrimiento, de producir, de generar épica. No ve nada interesante por lo que trabajar o morir; no concibe metas elevadas que lo dignifiquen.

El filósofo esloveno Slavoj Zizek ha mostrado su desacuerdo con la ideología moderna de la felicidad en más de una ocasión. Cree que hay cosas más importantes que buscar la  felicidad y que un perfecto imbécil puede ser la persona más feliz de la Tierra. Zizek prefiere ver la vida como una lucha eterna, especialmente contra sí mismo.  Comparto este ideal y simplemente me gustaría reivindicar su derecho a existir en el espacio ideológico, en un mundo repleto de una cansina happymanía.

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