Autodefensa

Hablando de adolescentes ciudadanos que dependen del estado. Esta entrada es radical para la mentalidad europea, pero guarda un importante mensaje: el estado no puede mantener la promesa de seguridad.

Al igual que en España, el gobierno francés asumió en su día ante su población una promesa de seguridad que no puede cumplir. Mediante el progresivo endurecimiento de las leyes, el gobierno incluso se ha autotransferido cada vez más competencias, enviando a  la población un mensaje fatal: usted no tiene ya que preocuparse por su propia seguridad, lo hacemos nosotros.

El problema es cuando la población de estos países, donde las armas son ilegales en general, están acostumbrados a niveles bajos de violencia. Las muertes violentas son excepción, descartando los accidentes. Y cuando se enfrentan con poblaciones que no tienen esa concepción y que vienen de países donde la violencia está más asumida en el día a día, son como corderos yendo al matadero. Incapaces siquiera de intentar evitar su destino, apelan a la razón o a la compasión.

Lo que ocurre es que no entienden que los valores morales de “los otros” son muy distintos por las condiciones de origen. Por lo que son percibidos como idiotas, víctimas fáciles que se dejan aplastar sin oposición. Sí, quizá tengamos que hablar de la malísima gestión del tema de los refugiados y de las consecuencias que ha traído la política de puertas abiertas y de “no preguntes, racista” que ha montado Merkel y sus socios. Los medios, como buenos defensores de la religión oficial han intentado tapar hechos delictivos. Los voceros que critican y están pendientes de cualquier infracción cometida por cualquiera de sus rivales políticos, han mostrado su hipocresía al callar ante estos problemas de choque de culturas, mirar hacia otro lado y negar la mayor. Entraría en conflicto con su ideología que, como digo, se ha convertido en su nuevo credo, su forma de ver el mundo y entenderlo.

Y digo credo, porque se trata de eso: un conjunto de axiomas que explicarían los principios por los que se rige el mundo, o mejor aún, una guía para entender y explicar la realidad. Pero como toda creencia dogmática, una religión no puede permitir que sus principios sean modificados (o al menos, no sin mucho esfuerzo sudor y sangre, como demuestra la historia), puesto que se trata de absolutos.

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